Loarre el castillo fortificado mas antiguo de España – Aragón
Loarre el pueblo con el castillo fortificado mas antiguo de España - Aragón, Huesca

Loarre y el castillo fortificado mas antiguo de España

ORIGENES

Aunque con alguna reticencia, los historiadores de la España romana admiten que Loarre es la Calagurris Fibulariensis, cuyos habitantes, siguiendo el ejemplo de los oscenses, ofrecieron a Julio César su amistad y una sustanciosa ayuda en trigo y hombres para luchar contra los pompeyanos del general Afranio, los cuales fueron vencidos en la batalla de Lérida, el 2 de agosto del año 49 antes de Cristo.

Se supone también que la Galagurris-Loarre (distinta de la Calagurris Nassica, que es Calahorra de Rioja) era la residencia del obispo Jenaro que, con el título de Fibularia, asistió al concilio de Elvira en los primeros años del siglo IV.

El hallazgo de monedas romanas y aún ibéricas en las cercanías del castillo demuestra la posibilidad de una población loarresa muy anterior a la alta Edad Media.

Ninguna noticia se ha conservado de Loarre durante la dominación musulmana. En las obras de restauración de la portada del castillo, al derribar la hospedería del siglo XVIII que la ocultaba, se encontró una pequeña ventana de piedra con doble arco de herradura, mainel y alfiz, correspondiente al estilo de las iglesias mozárabes de la cuenca del Gállego (Lárrede, Busa, Gavín). Está claro que el indicio es pequeñísimo, pero podría hacer sospechar si, en los siglos IX y X, Loarre sería una población cristiana (mozárabe) sujeta al castellán moro de Bolea, la más importante plaza musulmana de la Sotonera, comarca plenamente islamizada. Y bien pudiera ser que el enclave cristiano de Loarre explicase la razón de su conquista por Sancho el Mayor de Navarra dentro del quinquenio 1016-1020: este célebre rey, después de liberar el condado de Aragón (desde Ansó).

 

Primera época del castillo mas antiguo de España del Románico

Hecho hasta Acumuer y desde el Pirineo hasta Sodoruel), se apoderó de la región mozárabe de Serrablo y prosiguió la lucha contra los moros hasta reconquistar los antiguos condados de Sobrarbe y Ribagorza, conquistando, de paso de uno a otro, a ribera islamizada del Cinca. Pienso que una verosímil inteligencia entre las guarniciones navarro-aragonesas del valle de Rasal y los mozárabes de Loarre separados por la sierra que va de los Mallos de Riglos hasta el pico de Monrepós haría relativamente fácil la incorporación de la población loarresa al reino de Sancho el Mayor, constituyendo un valioso enclave, prontamente fortificado, en la Sotonera islamizada y frente a la poderosa fortaleza de Bolea.

Consta con certeza la existencia del castillo de Loarre durante el reinado de Sancho el Mayor gracias al único documento que se ha conservado original de la cancillería del rey navarro. Se guarda en el Archivo de la Catedral de Huesca y se refiere a la donación de las villas altoaragonesas de Centenero y Salamañana (hoy pardinas, cerca de Anzánigo), hecha por aquel monarca a favor del influyente conde Sancho Galíndez procedente de la Garcipollera, con fecha dei 14 de abril de 1035. En la tercera columna del escatocolo del diploma se registra, entre los pro­hombres del reino, el nombre del señor Lope Sangic in Luar: tope Sánchez, tenente del castillo de Loarre.

Una tradición local sostiene que el conde Julián, el ultrajado por el rey Rodrigo o por Vitiza con la violación de una hija suya, el «traidor que abrió en el año 711 a Tarik las puertas de la España visigoda, vivió y murió en la fortaleza de Loarre bajo la dominación musulmana. Según Gerónimo de Blancas fue encerrado por los moros en el castillo loarrés, donde pasó el resto de sus días fuertemente sujeto por cadenas. El P Mariana consigna que en su tiempo y en Loarre se enseñaba el sepulcro del conde Julián, «de piedra, fuera de la iglesia del castillo, do dicen comúnmente estuvo sepultado». El benemérito historiador altoaragonés, P. Ramón de Huesca, escribió a este propósito: «El mencionado sepulcro estaba en lo alto de la escalera frente a la puerta de San Pedro, donde lo he visto algunas veces. Años pasados escribía en 1796 lo abrieron algunos hombres que hicieron varias excavaciones en el castillo, buscando tesoros y no antigüedades y según me han informado, hallaron dentro los huesos de un cadáver, una espada y un pergamino, el que destrozaron sin llegar a las manos de quien pudiera leerlo. No sé si estos mismos o algunos otros, poseídos del celo de Blasco de Lanuza, quien dice debiera quitarse de allí aquella memoria, porque no la hubiera tan grande de uno de los hombres mas malos que ha tenido el mundo, lo han quitado y deshecho, de modo que no parece en parte alguna».

imponente castillo loarre visto desde abajo

De Ramiro 1 a Pedro I

El 18 de octubre de 1035 murió el rey Sancho el Mayor de Navarra y sus dominios fueron repartidos, como es bien sabido, entre sus cuatro hijos, correspondíendo a Ramiro I el reino de Aragón Serrablo y al hermano de éste, Gonzalo, el de Sobrarbe-Ribagorza. Al morir éste sin sucesión en 1043 los dos nuevos reinos pirenaicos se unieron en la persona de Ramiro I.

Se ha creído que el rey Gonzalo obtuvo, dentro del reino del aragonés, el dominio del castillo de Loarre. Pero no es cierto: Loarre fue siempre de la jurisdicción de Ramiro I, debiéndose aquella creencia a una falsa interpretación del topónimo Loarte, que no se refiere a Loarre, sino al castillo de Llort en el Noroeste del condado de Pallars, lindante con el de Ribagorza.

Durante el reinado de Ramiro I, que se sepa, la tenencia de la fortaleza loarresa fue ejercida por el senior Fortuño Aznárez, citado en documentos del año 1046, y por el senior Lope Garcés, según noticias documentales que van del 10,54 al 1064. En este período debió de ser de capital importancia el papel desempeñado por el castillo de Loarre, cuando en 1057-1058 el rey Ramiro I intentó conquistar la plaza de Bolea con la complicidad de algunos mozárabes y de algunos moros de la Sotonera y de la Hoya de Huesca. Aunque llegó a entregarse al aragonés, al menos nominalmente, el fuerte de Puibolea, la intentona fracasó y los cómplices del monarca cristiano fueron duramente castigados por las autoridades musulmanas. Sin embargo, la fortaleza de Loarre no sufrió daños ni se alteró su estado, pudiendo continuar en su misión de vigía y de amenaza sobre la islámica Sotonera.

En la década de los años 70 del siglo XI, el hijo y sucesor de Ramiro I, el rey Sancho Ramírez, revitalizó la fortaleza de Loarre, uniendo a su función militar una misión religiosa, mediante la fundación de un monasterio de canónigos regulares de San Agustín, de la que trataremos con detalle.

Fue nuevamente Loarre base estratégica para una nueva intentona contra Bolea, en 1083, esta vez con éxito pasajero, porque la plaza fue conquistada, pero el rey Sancho Ramírez no pudo retenerla y la perdió al poco tiempo. Los documentos conservados no citan ningún señor en Loarre desde 1064 hasta este año y el siguiente, en que la tenencia estaba confiada a García Sánchez, un prohombre procedente, al parecer, de la población de Grasa, en el valle del Guarga.

Nuevamente las fuentes documentales registran con frecuencia el nombre del tenente loarrés entre los años 1091 y 1114: Fortuño López, que debió de desempeñar un papel muy importante en la segunda y definitiva conquista de Bolea que, después de la conquista de la Hoya de Huesca, completamente aislada, permanecía fiel a Mostaín II, rey moro de Zaragoza. El ejército de Pedro I, partiendo de Loarre, Marcuello, Ayerbe, Aniés y Huesca, atacó Bolea en el mes de septiembre de 1101. Los moros de Zaragoza, al tener noticia del ataque, enviaron una expedición de auxilio que presentó batalla a los aragoneses en las proximidades de Bolea en octubre. Vencieron éstos y Bolea tuvo que rendirse, siendo confiada la tenencia de su castillo al señor de Loarre, Fortuño López.

Vista lateral del castillo de loarre

El monasterio de Loarre

Dentro del marco de la reforma gregoriana, se procedió a la fundación de un nuevo monasterio de canónigos regulares en el castillo de Loarre. Un documento, considerado falso, explica que el 18 de octubre de 1071, desde Letrán, el papa Alejandro II explidió la bula Quamquam sedes, por la que tomaba bajo la protección apostólica la nueva fundación debida al rey Sancho Ramírez con la intervención del cardenal Hugo Cándido. Está dirigida a «Simeón, prepósito del monasterio de San Pedro de Loar in Aragona provincia». No es seguro que el documento, tal como nos ha llegado, sea falso, pero sí parece claro que se trata de un diploma adulterado por los canónigos montearagoneses a propósito de los pleitos sobre exención episcopal que promovieron en el siglo XII contra los obispos de Huesca­Jaca. Su testimonio es sustancialmente válido.

Es de destacar en el citado privilegio pontificio que la nueva canónica loarresa había de ser presidida por un «prepósito» y no por un abad. Ello indica que la fundación de San Pedro de Loarre fue hecha siguiendo una modalidad diferente a la reforma del monasterio de Fanlo: en éste la autoridad era ejercida por el abad con cierta independencia del obispo diocesano aquél fue puesto bajo la jurisdicción episcopal.

A pesar de que, por ahora, no se pueda atribuir a mi opinión más categoría que la de una simple hipótesis de trabajo, me parece será de interés dejar constancia de la verosimilitud de que la canónica agustiniana de Loarre fuera una fundación realizada por el infante García antes de su elevación al episcopado a raíz de la fundación del obispado de Jaca en 1075-1076.

Hay una razón de peso para la formulación de la citada hipótesis: siendo el infante García obispo, y con motivo de la erección de la catedral de Jaca en 1076, introdujo en ella una comunidad de canónigos regulares. En el documento que otorgó en esta ocasión, el obispo-infante cede a la canónica jaquesa «cuanto pertenece al derecho episcopal en Loarre, más las casas que allí ha edificado recientemente». Cierto que es difícil calibrar el alcance de esta frase, pero parece debe ser puesto fuera de duda que las únicas «casas» edificadas en Loarre poco antes del año 1076 sólo podían ser las dependencias monásticas anexas al castillo de los tiempos de Sancho el Mayor. Y que «cuanto pertenecía a la jurisdicción episcopal» en esta fortaleza únicamente pudo ser la canónica allí fundada, ya que es improbable que García se refiriera a una simple iglesia parroquial.

Por otra parte, una bula atribuida a Gregorio VII y falsificada en la curia romana a mediados del siglo XII, ha conservado la creencia entonces imperante de que fue precisamente el obispo-infante García el adalid de la reforma gregoriana en Aragón, al afirmar que, gracias a su guía y consejo, fue posible en el reino aragonés desterrar «la superstición de la ilusión Toledana y la implantación de la ley y de las costumbres romanas».

Estos testimonios documentales, aun habiendo cuenta de su precariedad, parece que permiten formular la hipótesis de que San Pedro de Loarre fue fundado por el infante García de acuerdo con su hermano, el rey Sancho Ramírez, la alteración de cuyas relaciones personales dieron más tarde un nuevo rumbo a la canónica loarresa, como veremos enseguida.

Ante la grandiosidad y magnificencia del monasterio de Loarre, que supera en mucho las construcciones del monasterio de San Juan de la Peña, por ejemplo, y las de la abadía de Montearagón, más tarde, puede preguntarse el historiador acerca del plan o de la intención que abrigaron el rey y el infante al proceder a la edificación loarresa. Anteriormente el reino de Aragón, eminentemente rural, no había conocido más que iglesias pequeñas, muy reducidas. ~La obra de la canónica de Loarre, pues, en su grandiosidad, no tenía precedentes en el país. Es posible que este interrogante no obtenga jamás una respuesta satisfactoria, por falta de testimonios. Puede que la intención del rey y del infante, de acuerdo con las normas romanas y con las necesidades del reino, fuera establecer en Loarre el centro diocesano que, evidentemente, necesitaba una diócesis como la de Huesca, a la sazón dividida por la frontera política que separaba el Aragón cristiano y libre del territorio diocesano sujeto a las autoridades musulmanas. ¿Se pretendió dar al obispo mozárabe de Huesca una sede provísional en el castillo-monasterio de Loarre? ¿O intentarían la restauración del obispado de Fibularia, que, como dijimos, se cree tuvo su sede en la Calagurris Fibulariensis? Imposible contestar estos interrogantes.

Lo cierto es que el rey y el infante, a poco de la fundación de Loarre, procedieron a la creación del obispado de Jaca, ciudad recién fundada por Sancho Ramírez, con territorio desmembrado del obispado de Huesca. Y que para ocupar la nueva sede, aprobada con reticencias por Gregorio VII, fue elegido el infante García en 1075, aproximadamente. No antes de este año se inició la construcción de la catedral jacetana, el único edificio que supera en grandiosidad a San Pedro del castillo de Loarre.

Prosiguiendo en la línea de la reforma gregoriana, García introdujo en la recién erigida catedral de Jaca, como hemos apuntado, la regla de san Agustín. Fue en 1076, en junio de cuyo año Sancho Ramírez sucedió en el reino de Pamplona a su primo hermano, el rey Sancho de Peñalén, asesinado por sus hermanos.

Detalle en una pared dentro del Castillo

Los seniores

Decidida la fundación del monasterio agustiniano de Montearagón, el castillo de Loarre volvió al brazo secular y a la corona aragonesa, que siguió confiando su tenencia a los señores. Conocimos ya anteriormente al tenente del castillo de 1091 a 1114: el senior Fortuño López, a quien fue encomendada también la tenencia del de Bolea a raíz de la conquista de esta villa.

La sucedió en ambos seniorados Pere Petit, personaje quizá de procedencía franca, afincado posiblemente en Plasencia del Monte. Su nombre y cargo aparecen frecuentemente en lo documentación hasta el año 1133. Es probable que fuera una de las víctimas de la desgraciada batalla de Fraga en 1134, que costó la vida al propio rey Alfonso I el Batallador.

Tras una corta posesión por Sancho Juanes, las dos tenencias de Loarre y Bolea fueron separadas, figurando como tenente de la primera, desde 1134 hasta 1140, Lope Fortuñones, y de 1145 a 1169 un prohombre llamado Arpa, señor de Olivito, que en 1135 era, probablemente, mayordomo de Ramiro II el Monje.

El último de los tenentes conocidos de Loarre es Jimeno de Artusella, señor también de Bolea, el cual aparece en documentos de 1172 como alférez del rey y de 1174 como mayordomo de Alfonso ll, a cuyo servicio estuvo hasta la muerte de este monarca, acaecida en 1196. Fue muy favorecido por éste, de quien recibió las donaciones del puerto de Salou y de otras heredades en el campo de Tarragona.

Pueblo de Loarre

Población de Loarre

La guerra antimusulmana, como idea motora de la política aragonesa en las regiones de la actual provincia de Huesca, dejó de tener vigencia a lo largo del siglo XII, en el curso del cual muchas antiguas fortalezas, según el modelo del castillo de Almudévar, del que se conserva excelente documentación, fueron pobladas, convirtiéndose en villas, y sus tierras puestas en explotación.

Es probable que Loarre, perdida su importancia militar y su carácter monástico, siguiera también esta transformación, levantándose a la falda del castillo una nueva villa como nuevo núcleo urbano de la primitiva y mozárabe, emplazada en el lugar que ocupa actualmente la población loarresa, conocida en adelante como burgo de  San Esteban de la Huerta, presidido por una iglesia del siglo XII dedicada al protomártir cristiano.

La nueva villa, surgida en los costados oriental y meridional del castillo, fue cercada por la recia muralla que aún se conserva, en el siglo XIII o principios del XIV. Y junto con el burgo de San Esteban, llegó a alcanzar un máximo de setenta fuegos, número que permaneció inalterable durante toda la baja Edad Media.

La peña del Sol desde Loarre

Guerau de Cabrera

En el año 1208 murió el conde Ermengol VIII de Urgel y su viuda, la condesa Elvira, ante las pretensiones del vizconde Guerau de Cabrera, aspirante a la corona condal, donó el condado al rey Pedro II.

Guerau se levantó en armas y se hizo fuerte en la ciudad de Balaguer (Lérida). Vencido al fin, se entregó al monarca, el cual lo recluyó con su mujer e hijos en el castillo de Loarre. Muerto Pedro II, a requerimiento de la nobleza catalana, el vizconde Guerau fue puesto en libertad e ingresó en la Milicia del Temple.

Pedro de Ahones

El mismo Pedro II había empeñado los castillos y villas de Loarre y Bolea a Pedro de Ahones, hermano del obispo de Zaragoza y conde de Ampurias. Durante las pendencias de los primeros años del reinado de Jaime I el Conquistador, Pedro de Ahones se opuso al rey, con quien llegó a luchar cuerpo a cuerpo en Burbáguena. ‘En precipitada huida hacia Cutanda, Pedro de Ahones fue perseguido y alcanzado por Jaime I y sus hombres, que le hirieron mortalmente. Corría el año 1225. Después de enterrarlo en Daroca, el rey se dirigió a Bolea y Loarre, para recobrar estas villas y castillos, pero se encontró con que estaban guarnecidos por el infante Fernando y Pedro Cornel, y desistió de asaltarlos.

De Jaime 1 a Jaime II

Pacificado, al fin, el reino, Loarre volvió a la corona en la persona del rey Conquistador, el cual en 1263 cedió la tenencia del castillo a los frailes del Hospital de San Juan de Jerusalén, quienes, al parecer, no intentaron sacralizario otra vez mediante la fundación de una encomienda de la orden. Estando en Lérida a 23 de mayo de dicho año, Jaime I ordenó a los vecinos de Loarre que tributaran anualmente 50 cahices de trigo y otros tantos de ordio a los hospitalarios «tenentes del castillo».

Estos debieron de ejercer la tenencia hasta el 1285, en cuyo 7 de mayo el rey Pedro III, en guerra contra los franceses, ordenó a fray Galcerán de Timor que entregase el castillo de Loarre al abad Fernando de Montearagón.

No figura este abad en el abaciologio montearagonés, porque no fue reconocido por los canónigos. La abadía vacó en agosto del año anterior, 1284, y fue elegido para ocuparla, a principios de septiembre, el prior de Gurrea, Jimeno Pérez, quien no pudo conseguir la confirmación pontificia, porque el papa Martín IV, a causa de la guerra de Sicilia, había excomulgado a Pedro II de Aragón, Entretanto el rey aragonés había nombrado abad de Montearagón al infante Fernando, a quien confió después la custodia del castillo de Loarre. Nombramiento que no fue aceptado por los canónigos de Montearagón, los cuales repitieron la elección el 24 de septiembre de 1285 en Navarra en presencia del cardenal legado Juan, eligiendo, por segunda vez, abad al prior Jimeno Pérez.

Refiere Zurita que en el año 1287, durante la guerra de la Unión, Pedro de Ayerbe, señor de esta villa, tío del rey y cabecilla de los adversarios de éste, corrió Loarre, matando y prendiendo a muchos de sus vecinos.

Durante el reinado de Jaime II, la tenencia de Loarre fue concedida en 1294 a Lope de Gurrea y en 1315 a Blasco Pérez de Azlor, después de cuya muerte pasó a Pedro Fernández de Bergua.

Pueblo de Loarre

Loarre, siglo XIV

A lo largo del siglo XIV el castillo de Loarre pasa fácilmente de unas manos a otras en virtud de una política de la corte real que se sirve de la fortaleza y de la villa para buscar soluciones a conflictos económicos, a pesar del privilegio concedido por Alfonso IV en diploma otorgado en Zaragoza el 16 de mayo de 1328. En esta ocasión el rey daba libertad «a los hombres suyos de Loarre» y les confiaba la tenencia del castillo que ellos habían de custodiar a sus expensas, debiendo devolverlo a la corona a petición del monarca, el cual les prometía, asimismo, que Loarre jamás habría de ser enajenado del patrimonio real.

Esta situación no duró demasiados años: el 21 de diciembre de 1347, Pedro IV, para recompensar sus servicios, concedió a Pedro Jordán de Urriés, baile general de Aragón, la alcaldía, tenencia y custodia del castillo de Loarre, que, poco después, a 22 de febrero de 1349, mandó fuese entregado a Pedro López de Jasa.

Pedro IV, estando en Huesca el 24 de septiembre de 1357, apurado por los problemas económicos provocados por la guerra que sostenía contra Castilla, vendió por 12.000 sueldos jaqueses el castillo y villa de Loarre a Pedro Jordán de Urriés y a la esposa de éste, Toda Martínez de Riglos, los cuales, unos días antes, habían comprado por 50.000 escudos el castillo y la villa de Alquézar. Se pactó que si el importe de la venta más los gastos hechos en mejoras eran cubiertos, los compradores devolverían al patrimonio real el castillo y la villa loarresa. El adinerado Pedro Jordán de Urriés compró en 1360 a Pedro Martínez de Arbea por 10.000 libras jaquesas la baronía de Ayerbe, y el 8 de mayo de 1366 Pedro IV le cedió los derechos que podía tener en la misma.

La recuperación de Loarre por la Corona no pudo realizarse hasta el año 1381, en que fue redimido por los propios vecinos de la villa a cambio de la remisión de ciertos tributos por parte del rey. La cantidad que había de devolverse a Jordán de Urriés se estimó en 150.000 sueldos, para acabar de conseguir los cuales Pedro IV autorizó, a 1 de octubre de dicho año, a los vecinos a vender los censos muertos y los «violarlos». Devuelta de suma total, el 26 de noviembre siguiente, el sobrejuntero de Huesca, en nombre del rey, se posesionaba de la villa y del castillo.

Pero una vez más los apuros económicos, en este caso motivados por la guerra de Italia, hicieron que Martín I, en Barcelona el 29 de octubre de 1408, vendiera el castillo, la villa y las aldeas de Loarre (Novalla, Santa Engracia y Javierra) a Ramón de Mur, baile general de Aragón, por la cantidad de dos mil florines. Antes de que pudiera recuperarse Loarre, murió sin sucesión el rey Martín I, el 31 de mayo de 1410, iniciándose el largo interregno que terminó en el Compromiso de Caspe con la elección de Fernando I de Antequera, el 28 de junio de 1412.

Vista nocturna del campanario de la iglesia de loarre

Antón de Luna y Doña Violante

El jefe de los partidarios aragoneses del aspirante al trono, el conde Jaime de Urgell, fue Antón de Luna, quien mantuvo su rebeldía, aun después del Compromiso, desde las fortalezas de Loarre, Bolea, Marcuello, La Peña y Biniés con tropas francesas e inglesas reclutadas en Gascuña. Antón de Luna residió en Loarre a la espera de la decisión de los compromisarios de Caspe. Y al pronunciarse éstos contra las pretensiones de Jaime de Urgell, el de ‘Luna decidió continuar apoyándole con el empleo de la fuerza, al tiempo que el pretendiente se fortificaba en la ciudad de Balaguer.

El 13 de mayo de 1413, estando en Gascuña Antón de Luna, Fernando 1 conminó a los de Loarre para que cesasen en su rebeldía. Obtenida una respuesta negativa, el castillo fue sitiado por Juan Delgadillo, el cual tuvo que levantar el cerco ante la llegada de Antón con un contingente de soldados ingleses. Poco después, el 11 de agosto, se rindieron los urgellistas establecidos en el castillo de Montearagón. Y el 31 de octubre el propio conde Jaime de Urgell dejó de resistir en Balaguer.

A fines de septiembre Antón de Luna huyó a Navarra, y la defensa del castillo de Loarre fue encomendada a su prima y, al parecer, amante Doña Violante de Luna, la última Urgellista de Aragón, que no se rindió hasta unos tres meses después de la rendición de Balaguer. Era esta intrépida mujer abadesa del monasterio de Trasovares, del que se fugó en escandalosa secularización. Ello dio motivo a que su tío, el papa Benedicto XIII, suprimiera el cenobio femenino.

En una carta, llena de optimismo, que Violante escribió a Elfa de Luna, a la que llama «muit noble et cara fija», el 29 de julio de 1413, explica que «tiene el castillo de Loarre abastecido para dos años, menos en vino, pero cuenta con agua suficiente y muy fina que vale por vino».

Después de su rendición, Violante estuvo presa o en libertad vigilada y se intentó su conversión, dado que hubo quien pensara que el diablo tenía su cuerpo de mujer. Sin embargo, se paseaba altiva por las calles de Ayerbe, en 1414, llevando de la mano a un hijo suyo.

Ocaso de Loarre

Recuperado el castillo de Loarre tras la derrota de doña Violante, fue donado en feudo por Alfonso V a su hermano, el infante Juan, mediante documento fechado en Valencia el 30 de marzo de 1418, junto con la villa y el castillo de Bolea. No obstante esta concesión, el mismo monarca, después de la conquista de Nápoles, para recompensar los servicios prestados por Antonio de ‘Luna (quizá pariente del rebelde Antón de Luna), le donó la baronía de la villa y castillo de Loarre. Poco después Antonio de Luna vendió la baronía a Felipe y Juan de Urriés con pacto de retroventa, es decir, en el buen entendido de que si devolvía la cantidad pagada, villa y castillo retornarían a su propiedad en baronía.

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